fdi, osvaldo fuenzalida

El primer caracol comercial chileno nació de las conversaciones entre Osvaldo Fuenzalida y Melvin Villarroel, arquitecto de origen boliviano y estudios profesionales en la Universidad Católica de Chile, y Eugenio Guzmán, artífice de otros tantos proyectos comerciales.

Osvaldo Fuenzalida (1925 – 2018)

Fuenzalida, referente en inversiones inmobiliarias desde la década de los ’50, luego de un viaje a Nueva York, volvió sorprendido por la versatilidad del Museo Guggenheim. La búsqueda por la plasticidad ya había hecho famoso a Villarroel en los años ’60, por lo que lo contactó para idear juntos esta invención. “En la época de la UP, cuando los negocios inmobiliarios estaban muy malos, había que pensar en cosas más especiales”, diría Fuenzalida en una entrevista realizada en 1998.

El proyecto, inaugurado en la década de los 70, tuvo éxito. Por eso, con un gran olfato para captar las tendencias comerciales, Fuenzalida contactó de inmediato a otro grupo de arquitectos reconocidos para replicarlo. Sergio Larraín García Moreno, Ignacio Covarrubias y Jorge Swinburn fueron convocados al siguiente desafío: un caracol doble, unido por puentes e iluminado cenitalmente. Mucho más sofisticado que el anterior, incorporaba climatización, áreas de terrazas, cafés y revestimientos metálicos colorados. Una innovación sin precedentes en cuanto a interiores comerciales.

Dos Caracoles ofrecía 160 tiendas, cada una de poco más de 20 metros cuadrados. Los locales eran adquiridos por pequeños inversionistas, muchos de ellos jubilados, porque desde la década de los 60 había una ley que otorgaba beneficios al retiro anticipado. En la época post golpe militar no había grandes grupos económicos dispuestos a invertir en proyectos como los caracoles. Esto llevó a la figura de muchos copropietarios que funcionaban bajo el esquema de la ley de venta por pisos de esa época, que pagaban gastos comunes.

La inauguración de este centro comercial, en 1978, dio inicio a la época de oro de estos proyectos que incluso sobrevivieron a la crisis del 82. Llegaron a ser 26 en Santiago y otras urbes.

La extensión a regiones llevó el caracol a ciudades como Curicó, Rancagua, Talca, Quillota, La Serena, Valparaíso y Viña del Mar. Como un símbolo de modernidad, sorprendía a los visitantes.

Entrada la década de los ’80, los caracoles coronaron ejes alternativos al oriente – poniente. La inauguración del Metro Línea 2 motivó la construcción, nuevamente por parte de Fuenzalida, de la Estación Ovalle, donde se articulaba un caracol con una explanada que recibe a los pasajeros.

Por otro lado, el Caracol de Ñuñoa, instalado en el eje comercial lineal oriente-poniente más importante luego de la Alameda, buscó otorgar lujo a un comercio basado en el peatón. En otra iniciativa experimental de Fuenzalida, se construyó el caracol de Recoleta, que adoptó una estética colonial que lo relaciona mejor con el entorno.

El Caracol Los Pájaros, último de su oficina, avanzó enormemente. A través de una apertura mayor, una relación directa con la calzada e incluso con una fachada colorida, buscó superar el manto pesimista que comenzaba a cubrir la tipología. “Después del Caracol Los Leones, el modelo se fue perfeccionando. Finalmente construimos un caracol con estacionamiento, aire acondicionado, y con uno de sus niveles planos, el que da a la calle, para que no fuera tan difícil el acceso. Claro que el edificio lo terminamos justo cuando se acabó el boom de los ochenta”, diría el gestor inmobiliario en el año 2004.

Osvaldo Fuenzalida falleció en agosto pasado, casi a 40 años del boom que impulsó.

 

Fuente: Diario La Segunda y Bifurcaciones, revista de estudios culturales urbanos.